2013-09-25T20:19:00+02:00
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Tras el estrés de llevar a Prusia por la mañana, jugar con Francia por la tarde parecía un descanso. Tuve el honor de compartir mesa con tres veteranos y pesos pesados. El jugador austríaco era un alemán que había llegado a ser finalista, el jugador ruso era otro alemán que se llegó a hacer con el campeonato y fue «playtester» del juego. Prusia era llevada por el único participante norteamericano del torneo, otro veterano cuya simpatía no estaba reñida con su habilidad.
Como ha sucedido en muchas otras partidas de Friedrich, ésta fue bastante determinada por el abandono ruso en el turno 7. Es mi opinión, porque el jugador americano afirmaba después que lo tenía todo bastante controlado. No me lo parecía así desde mi punto de vista. Defendía Silesia desde picas y tréboles al mismo tiempo que también gastaba tréboles contra Rusia. Su mazo de cartas se reducía a mis ojos de manera peligrosa. Tras la muerte de la zarina el jugador austríaco termino de limpiar Silesia y se dedicó a realizar varios ataques en Sajonia sin suerte hasta el final de la partida.
En mi parte del tablero comenzaba persiguiendo con todas mis tropas al hannoveriano nº2 (Cumberland) hasta liquidarlo por falta de suministro en Sajonia occidental. Tras ello volvía a quedarme atascado en la zona de Minden, dónde Hannover se atrincheraba desde diamantes y me obligaba a atacarle desde corazones. En el momento de la muerte de la zarina controlaba sólo 2 objetivos, y la carta de India salía en el turno siguiente. Me dejé llevar por el pánico o la codicia y cometí un error – entre varios, si lo pienso bien – que permitió a un Cumberland resucitado escapar hacía el sur y continuar mareándome durante toda la partida a cambio de conquistar un objetivo más.
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La partida terminó con una merecida victoria prusiana tras 23 turnos. Mis errores me habían llevado a perseguir a Cumberland hasta el mismísimo borde sur del mapa.
Me levantaba de la mesa con 8 puntos y seguía las partidas de mis compañeros. Fue así como me enteré que Rf había vuelto a anotarse una victoria y se colocaba por delante de todos los españoles con 29 puntos. Se retiró pronto a dormir. Con dos victorias en su haber tenía buenas posibilidades de llegar a la final. Tan sólo le quedaba el mayor reto de todos: una partida con Prusia a la mañana siguiente.
4. La debilidad de los números.
A pesar de haberme quedado un buen rato bebiendo y charlando con participantes del torneo en la noche anterior, en la mañana del 22 de septiembre me levanté despejado y de buen humor. Me tocaba jugar con Austria, y con ella tenía buenas posibilidades de anotarme una victoria.
En la mesa tenía a viejos conocidos. Con Francia jugaba un alemán que no se había distinguido en varios campeonatos salvo por su cordialidad y simpatía (lo digo de verdad, es el tío más majo que he conocido en Alemania). Con Rusia jugaba el propio Sivel, y de esta manera ya hacíamos 5 veces las que compartíamos mesa en el espacio de un año. Delante mío, jugando con Prusia, se sentaba uno de los dos participantes holandeses – hermanos los dos – que llevan varios años acudiendo al torneo con resultados cada vez mejores aunque todavía no demasiado buenos.
Mis primeras 10 cartas con Austria eran 5 de picas, una reserva, y 4 cartas muy altas (39 puntos) en tréboles. El Imperio también había robado un 11 de tréboles. Con todo esto metí dos generales y 15 tropas en Löbau, en esa peligrosa esquina donde se unen las fronteras de Sajonia, Silesia y Bohemia y al mismo tiempo se tocan las fronteras de 4 sectores de todos los palos de cartas del juego.
Mi contrincante prusiano unió en ese área 4 generales desde Sajonia y Silesia y me lanzó un ataque de cerco desde corazones. No contaba – y lo entiendo – con mi tremenda potencia en tréboles. Logre romper el cerco y colocarle a su vez en una posición de cerco en corazones (en Rumburg) dónde lograba destruirle 2 generales y 15 tropas.
Tras esta paliza nuestro pobre jugador prusiano quedo bastante desanimado. Yo me tomé la cosa con calma – Austria siempre tiene tiempo – y decidí no forzar demasiado la situación en mi frente para que se pudiese concentrar en mis otros dos aliados que ahora avanzaban a pasos agigantados. No me sirvió para lograr la victoria. El holandés cometía varios errores de bulto – entre ellos el lugar para la batalla final contra Rusia – que precipitaban su caída y el triunfo de Sivel en el turno 10. Completé la partida con 8,13 puntos.
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Tras la partida comenté con el holandés la batalla de cerco que tanto le costó en el turno 3 de la partida. Le dije que metí allí mis tropas sin miedo alguno a verlas destruidas porque sabía que con mi fuerte mano de cartas de trébol a lo menos le iba a hacer pagar un precio muy alto en palos (corazones, tréboles, o diamantes) que necesitaba mucho en otras áreas. Él me contesto con cálculos estadísticos y medias de cartas. Parecía no entender que un punto de carta no vale lo mismo en todas las partes del mapa, ni que un punto de tropa tiene un valor diferente según la nación que lo tiene y el momento de la partida. No insistí y lo dejé estar.
Cuando me levante de la mesa me encontré a Rf que me dijo que su partida ya había terminado. Yo dí por sentado que había sufrido una derrota, porque cuando levantaba la mirada hacía su tablero veía una estrategia muy rara y una situación cada vez más insostenible. Me sorprendió agradablemente al decirme que había ganado. ¡Las cartas del destino habían beneficiado al muy suertudo y habían acabado el juego en el turno 14!. Se marchó pronto a echarse en la habitación del hotel antes de la ceremonia de la tarde.
En otra mesa Flojic se batía el cobre como Austria. Me había levantado varias veces durante mi partida y había observado con curiosidad como un ejército prusiano se internaba en Bohemia por el Oeste y avanzaba a través de todo el territorio austríaco para salir en Silesia. En un momento crítico Flojic tenía acorralado al prusiano quien, presa de la desesperación, se metía con 23 tropas en la boca del lobo en el norte de Silesia para defender sus últimos 2 objetivos. Pero entonces el agotamiento (la partida ya duraba 6 horas) se llevaba la mejor parte de Flojic y le hacía cometer un tremendo error que permitió al prusiano escapar de rositas y largarse con la partida. A esta partida se le podía aplicar con toda justicia el término «El Milagro de la Casa de Brandenburgo».
La Final.
A eso de las cuatro y media de la tarde tuvo lugar la ceremonia en la que se anunciaba la clasificación final, se repartían algunos premios, y se anunciaba quienes iban a participar en la final. Aunque yo ya lo esperaba tras saber de su victoria, la participación de Rf en la final no estaba exenta de sorpresa. No en vano, al comenzar la 4ª ronda había como 9 jugadores con más puntos que él.
Mientras Rf se batía en aquella final que terminó con la victoria del jugador prusiano, un alemán que de esta manera repetía como campeón, el resto de los españoles pasamos el tiempo charlando, jugando alguna otra partida los que todavía teníamos ganas, y bebiendo unas cuantas cervezas.
No observé la final de manera muy detenida. No quería entrometerme. Un par de vistazos me dan a pensar que no fue un encuentro reñido. Creo también que en parte ello se debe a Rf, quien no creo que jugase de manera muy efectiva. En un momento dado se levantó de la mesa y se puso a charlar con el norteamericano. Al rato el jugador austríaco – el sueco que había hecho de Francia en mi segunda partida – se le unía en la aparentemente entretenida charla. Era un ambiente muy poco de final, muy poco de encuentro decisivo entre jugadores dedicados. No sabría decir hasta que punto los aliados no tenían nada que hacer contra Prusia, o simplemente pasaban de intentarlo.
A la mañana siguiente nos levantamos, desayunamos, recorrimos la ciudad hasta la Puerta de Brandenburgo, y tras eso marchamos al aeropuerto y retornamos para España.
Esta publicación se ha conservado del desaparecido blog https://ethelbertblog.blogspot.com/2013/09/campeonato-mundial-de-friedrich-2013.html




